miércoles, 23 de abril de 2008

Una Nueva Vida

Durante días, Marikita anduvo en el desconcierto, conociendo y descubriendo aquel lugar. Fuera del parque en el que había estado la tarde de su llegada, todo era distinto. No había césped y los caminos estaban hechos de una materia oscura que cuando le daba el sol quemaba bajo los zapatos y por la que había que pasar a toda prisa ya que los vehículos que circulaban por ella solo se detenían ante la orden de las pequeñas luces rojas. A Marikita le hubiese gustado ir en uno de esos coches y ver el mundo rodar desde las ventanillas.
Dos semanas vivió Marikita observando y escuchando, siempre en silencio, con el único afán de aprender cuanto antes todo lo que debía conocer de aquel lugar. Aprendió rapidamente el modo de vida, las costumbres, las rutinas, las responsabilidades, los derechos y los deberes de sus semejantes; de los que en adelante serían toda su familia y amigos. Se sorprendió al observar que aquellas personas andaban continuamente preocupadas por palabras como hipoteca, facturas, deudas, política, herencias, divorcios, discusiones… incluso la familia en ocasiones provocaba grandes enfrentamientos.
Podía ver plantas asomadas a los balcones de las casas, en las puertas de los edificios, en las mesas de los restaurantes e incluso había gente que las llevaba en sus brazos por la calle, pero nunca vio a nadie cuidar de ellas, hablarles, regarlas. También conoció a otros muchos animales que nunca antes había visto, pero los veía atados o metidos en cajas o en jaulas y siempre recibiendo ordenes de las personas. Ni uno solo de los días se encontró a alguien mirando al cielo, buscando estrellas o dibujando con nubes; nadie se detenía a escuchar el precioso canto que los pajaritos les regalaban desde de lo alto de árboles y edificios; nunca vio a nadie sonriendo embelesado al percibir sin saber de donde el aroma de una nueva flor que se abría. Allí las personas se cruzaban por las calles sin siquiera dirigirse una mirada, sin dedicarse un gesto amable; no se paraban para hablar unos con otros, todo cuanto tenían que decirse lo hacía por teléfono y a ser posible mientras andaban a toda prisa, comían o incluso leían el diario, sin prestar atención a lo que decían sus propias palabras. Incluso sus ropas eran apagadas y tristes; nadie lucía los colores de las flores, ni del mar, ni de sol. Parecían conformarse con el color de la noche, los de la tierra… todos aquellos que a Marikita siempre le habían provocado miedo y respeto. Los niños no jugaban como locos todo el día, como hacía ella de niña saboreando hasta la última gota de vida de cada día; Marikita observó que desde muy temprano se dirigían con mochilas pesadas y cargadas de nunca supo qué, a los grandes edificios de color blanco y allí pasaban el día. Y Marikita no creía que en los edificios blancos jugaran demasiado, porque salían con caras de aburrimiento físico y emocional, un detalle que a sus padres no parecía importarles, ya que a toda prisa los metían en sus coches y los llevaban a casa.
El día que más le gustaba a Marikita era el Domingo; aunque ella al principio pensara que se trataba de una autoridad o una personalidad importante del lugar, ya que todos lo esperaban con ganas y decidían no planificar ese día, no tardó en descubrir qué era realmente el domingo y porque solo ese día la gente se desprendía de los aburridos trajes oscuros y dejaban respirar sus pies con cómodos zapatos, soltaban sus melenas y lucían bellísimas prendas sueltas y cómodas.
Habían pasado poco más de cuatro meses y ya lo sabía todo, al menos para “ir tirando”. Mientras pensaba en esto, rió. Ya había perdido la cuenta de las veces que había escuchado esta expresión y hasta apenas un par de días antes, no le había encontrado el sentido. Lo primero que debía hacer era buscar un trabajo, pues en aquel lugar todo se movía con dinero y éste se conseguía con el trabajo. Luego buscó una casita donde pudiera meter todas las flores del mundo y con grandes ventanales para que pudieran entrar todos los animalitos que quisieran. Una vez conseguido el trabajo, empezó a comprarse comida y ropa nueva y en poco tiempo comenzó a llevar una vida “normal”.
Marikita había encontrado el mejor trabajo que podía haber deseado, ni siquiera podía creer que existiera. Una de las tardes en que se paseaba por el centro buscando una casita cerca del parque, de repente le abofeteó un estruendo de olores que apenas podía digerir. Eran demasiado y venían muy juntos sin que fuese posible distinguir unos de otros. Marikita cerró los ojos e intentó llegar hasta el origen de tal vorágine olfativa. Al poco se encontró con una puerta verde de la que emanaba aquel manjar oloroso y no pudo evitar tocar para descubrir lo que había detrás. Al golpe de sus nudillos en la madera, la puerta cedió y comenzaron a colarse por el espacio abierto más y más olores nuevos y embriagadores. Tanta delicia añorada marearon un poco a la niña, que al intentar abrir los ojos estuvo a punto de ir directa al piso. La luz de aquel lugar, todas aquellas flores, los colores nuevos, los olores desconocidos… casi no pudo resistir un gritito de admiración y sorpresa. Empezó a observar con calma y saboreó cada matiz que descubría allá donde su vista y su olfato se dirigían. Aquel lugar no tenía techo, en su lugar una gran cristalera cubría todo y hasta arriba se alzaban las flores más hermosas. Todo, todo cuanto miraba estaba cubierto de flores; ni un solo rincón quedaba descubierto. Incluso el suelo parecía césped, una graciosa imitación de la suave hierba servía a modo de alfombra. Aquel lugar era su hogar, no podía creer que existiera una réplica tan perfecta y exacta de su Jardín. Sus pasos delataron su presencia y a los pocos minutos apareció una mujer bellísima, esbelta, con el pelo recogido en un moño y los ojos más negros que jamás la habían mirado. Era delgada y la huella de los años le había rubricado la piel. Llevaba un vestido de un estampado finísimo que intuía todo lo que escondieron aquellas telas alguna vez. Marikita calculó que tendría casi setenta años. La hermosa mujer la miró y reconociendo aquella expresión de sus ojos, la sonrisa imborrable y el gesto extasiado, sonriendo le habló.
- Bienvenida al Hogar de Flor, ¿es la primera vez que vienes por aquí?
Al escuchar aquella voz, Marikita bajó a la realidad. Se sintió turbada y avergonzada e intentó recomponerse rápidamente. La mujer lo advirtió y dejó a un lado los formalismos, pues como ella pensaba, la naturaleza simplemente da y recibe con amor y nunca se para a pensar si ha sido lo suficientemente educada.
- No seas tímida, ¿te gusta el lugar verdad? – al ver que Marikita continuaba in albis, decidió seguir. - ¿Sabes? Éste es mi hogar, justo detrás de la floristería tengo una pequeña casita en la que vivo desde hace casi cuarenta años. Al principio esta casa siempre estaba llena; con el tiempo las ausencias las han ido sustituyendo cada una de estas plantas, que hoy son mi única y verdadera familia. Dime joven, ¿cuál es tu nombre?
- En otro lugar, yo también tengo una familia como ésta. Nací y crecí rodeada de flores silvestres y animales salvajes. Ellos son también mi única y verdadera familia.
La mujer sonrió complacida por haberse ganado la confianza de la joven. La miró con ternura y expectación, como si la invitase a continuar hablando. Marikita la observó y aquellos ojos negros le dijeron todo cuanto necesitaba saber. Allí también tenía un hogar y una familia.
- Mi nombre es Marikita y vengo desde el Jardín-Hogar para encontrarme con mis
semejantes y conocer y cumplir mi tarea.
La mujer soltó una risotada pegadiza y se llevó una mano hasta la boca en un intento por evitar herir a la muchacha, ante su gesto perplejo. Aquellas palabras sonaban demasiado rimbombantes para ser dichas en serio.
- Los jóvenes cada día me enseñan algo nuevo. Así que es así como se habla ahora – volvió a reír divertida – hace tanto tiempo que no salgo de aquí y tanto más que no se acerca un chaval a comprar una flor, que a veces olvido que el mundo sigue girando fuera de estas plantas. Y dime, Marikita, ¿puedo ayudarte en algo? ¿te gustaría comprar alguna flor?
- Oh no, ahora no puede ser. Aún no he encontrado trabajo y no tengo dinero. Precisamente andaba por esta zona porque me gustaría comprar una casita aquí, cerca del parque. Cuando la encuentre vendré a comprar todas cuantas pueda meter en mi nueva casa.
- ¿De veras? – la mujer no podía evitar admirarse ante aquella criatura. Hablaba con tanta paz y ternura, como si todo cuanto dijese fuese de vital importancia. Cada una de sus palabras eran pronunciadas con amor, con una delicadeza que aún no conocía en ningún otro ser humano. Entonces le hizo una proposición que Marikita no podría rechazar.
– Si quieres, puedes trabajar aquí. Yo ya estoy mayor y no puedo con todo el trabajo sola, me vendría de maravilla un par de manos jóvenes y fuertes. ¿Qué te parece?
Marikita abrió los ojos como platos y su boca formó una luna llena perfecta. No podía creérselo. ¿De verdad podría trabajar en un lugar como aquel? Era lo mejor que podría pasarle. Pero, ¿en qué consistiría su trabajo?
- Me encantaría poder pasar aquí los días enteros, ¿qué debo hacer?
- Me has dicho que te criaste con las plantas, de modo que las conocerás y sabrás como cuidarlas y tratarlas para que crezcan fuertes, saludables, coloridas y sanas ¿no?
- Pues sí, sé hacerlo todo. ¿De verdad me emplearías solo para hacer eso? – no podía creer que hacer ese tipo de cosas se pagara en la Gran Urbe. Pensaba que cuidar plantas se dedicaba a los ratos libres, solo para distraerse. ¿Cómo podía ser un empleo tan gratificante? ¿Entonces por qué todos andaban siempre preocupados y enfadados por sus trabajos? Decidió pensar que tenía tiempo para descubrir todo eso y se apresuró a aceptar el trabajo cuanto antes. – Entonces ¿puedo trabajar aquí? ¿Cuándo empiezo?
- Me gusta tu energía y tu vitalidad. Pues bien, en principio te dedicarás por las mañanas a regar y limpiar las flores y a las diez en punto abrirás la tienda. Mañana tengo que ir a comprar abono al centro comercial y tú estarás a cargo de la tienda.
¿Tienda? ¿Qué quería decir aquello? ¿Es que acaso las flores se vendían? ¿Quién pagaría por algo que puede encontrar gratuitamente en la naturaleza, en todo cuánto le rodea? Quería preguntarlo, pero la señora continuó hablando.
- Si quieres, ahora pasamos y te enseño como funciona la máquina cobradora, es antigua y quizá no la entiendas. Me la regaló mi marido, hace treinta y cinco años y nunca he querido desprenderme de ella. Seguramente yo tampoco me entendería con las nuevas. Los precios de las flores y plantas están justo debajo de cada maceta y para los accesorios solo debes mirar en esta lista – la mujer sacó de un cajón del mostrador una hoja plastificada escrita con un caligrafía perfecta -. Si tienes alguna duda o te surge un problema, yo siempre estoy detrás, plantando. Solo tienes que darme unas voces.
Marikita estaba aturdida e intentaba recopilar toda la información lo más rápido que podía, pero había demasiadas palabras que no entendía y la mujer una vez había arrancado, hablaba a velocidad de bólido.
- Disculpa, pero creo que será mejor que aprenda con la práctica. Así funciono yo. Todo es nuevo para mí y probablemente al salir de aquí olvide todo lo que me has dicho. De todos modos, muchísimas gracias por preocuparte y ser tan atenta conmigo – y sonrió dulcemente, realmente agradecida a aquella señora, que por cierto aún… - No me has dicho tu nombre, ¿cómo te llamas?
La señora rió por su falta de delicadeza a la hora de explicarle el funcionamiento de la floristería.
- En realidad sí que te lo he dicho. Ésta es mi floristería y como ya sabes mi hogar. Por eso le llamé el Hogar de Flor… porque yo soy Flor, así me llamo.
Marikita se maravilló y la felicitó por tener un nombre tan bello; dio por hecho que de ahí le venía su amor por todas las flores, le estaba escrito desde antes de nacer en su propio nombre. Pasaron la tarde hablando y riendo sobre la ciudad, las gentes, el parque y como no, hablaron hasta la saciedad de flores y plantas. Marikita se sentía realmente cómoda con Flor y pronto empezó a recibir de ella la calidez y la protección que más necesitaba en ese momento. Por su parte, Flor comenzó a ver cumplidos todos sus sueños de adolescente a través de los ojos de Marikita. Eran el mejor regalo que ambas podían recibir de la vida.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia va tomando un giro, quizás un poco inesperado. De repente su mundo ha desaparecido del todo...se ha encontrado de GOLPE con el verdadero mundo y las cosas malas que hay en él. No sé hasta donde llegará la situación pero es un poco sorprendente el paso de lo que parecía una historia infantil a una historia más de esta vida a la que ya estamos acostumbrados a vivir.
Deseo poder leer pronto como sigue esta trama que siempre deja con ganas de más.
Byte

Anónimo dijo...

para cuándo más?? ;)

eric dijo...

animo marikita! esta claro que no esta preparada para todo lo que le viene, pero su gran corazon seguro le ayudara a tomar la postura correcta, entramos en unos momentos muy tensos...
para cuando mas? ;) Sigue asi los comienzos nunca fueron faciles y tu lo llevas muy bien!

marikita linda dijo...

Hola a todos!! Soy Marikita Linda, muchas gracias por seguir mi historia tan de cerca y por dejar comentarios tan positivos!!! Me gustaría decirles que estoy haciendo algunos cambios en el relato y poniéndolo bonito también...;) les pido un poco de paciencia y agradecerán los resultados!! Un beso grande para todos

Anónimo dijo...

HE EMPEZADO A LEER ESTE BLOG Y ME HE DADO CUENTA DE QUE ESTÁ PARADO HACE TIEMPO.HASTA AHORA LA HISTORIA ES MUY INTERESANTE, LEO EN LOS COMENTARIOS EL INTERÉS DE LOS LECTORES Y ME UNO A ELLOS. PARA CUANDO MÁS? ÁNIMO ES UNA PENA QUE QUEDE ASÍ. HAY MUCHO TALENTO POR AQUÍ, NO LO DESPERDICIES.
UN SALUDO.

Anónimo dijo...

ARRIBA DËLLOS MARIKITA LINDA, LA VIDA ES BONITA AUNQUE APARENTEMENTE, TENGA TINTES GRISES.
SERA LO Q TU QUIERAS QUE SEA.
UN BESO.